martes, 7 de marzo de 2017

LAS CIUDADES A MEDIDA ¿DE QUIEN?.

Nos podemos preguntar por qué esa disociación entre la ciudad y la infancia se produce justo en un momento histórico en que la ciudad es un importante objeto de análisis teórico y justo cuando hay más profesionales y técnicos trabajando para que funcione correctamente. Pero ¿qué es lo que guía su trabajo?, ¿qué imágenes tienen de la ciudad y de la ciudadanía que la habita?
El momento en el que se establecen las bases del urbanismo coincide con el triunfo del modelo de familia nuclear, asumiéndose la idea de que lo que le conviene al cabeza de familia beneficia al conjunto del grupo familiar. 
El espacio a la medida de un modelo único no sólo entorpece la vida de quienes no responden a esas características originales, sino que conlleva no visibilizar y no reconocer otras formas de vida y otras necesidades. Con lo que éstas terminan por hacerse imposibles en un espacio que no las ha tenido en cuenta. Así se crea una forma hegemónica de utilizar, comportarse y de vivir la ciudad, básicamente la de los adultos trabajadores, y todo lo demás parecerá superfluo o innecesario. 
El modelo de ciudadano que ha servido de patrón representa a un ser en edad productiva, con trabajo remunerado, que se mueve libremente y tiene acceso a todos los recursos de la ciudad, que no tiene responsabilidades domésticas y carece de problemas de movilidad. Un ciudadano que, en definitiva, se ajusta a una pequeña parte de la población y sólo en una etapa concreta de la vida, pero que coincide con quienes planifican, construyen y teorizan sobre la ciudad, quienes están en los medios de comunicación vigilando para que sus intereses espaciales queden salvaguardados y quienes tienen el poder político y económico para definir qué es lo importante, cuáles son los valores comunitarios que deben imperar y materializan esa imagen. 
Esta expropiación de la ciudad ha sido posible porque se han ido eliminando también los sueños. Se ha barrido todo aquello que no encaja en el modelo imperante, aquello que entra en conflicto con la funcionalidad del sistema urbano, que frena el ritmo y la agitación de los intercambios, aquello que no puede competir con los usos que entran dentro del sistema económico. 
Por eso, necesitamos incorporar sueños a la hora de plantear otras ciudades, a la hora de recuperar y regenerar el hábitat urbano. Necesitamos conocer y reconocer las imágenes de la infancia para poder pensar en espacios y en ciudades distintas, que permitan aquello que las ciudades prometen: un espacio de convivencia, de creatividad y libertad.